A veces la vida nos tira una moneda al aire, simplemente cara o cruz, y sólo puedes limitarte a aceptarlo. A mí, mi puñetera vida acostumbra a tirar mi moneda más veces de las necesarias, y mantenerme siempre en un toma y daca conmigo misma, a estar siempre pendiendo de un hilo.
Al final la costumbre hace mella en los actos, asi que he acabado por no dejar que mi moneda caiga al suelo, que no determinen mi destino los actos de los demás, que no sea la vida la que me dé, si no yo la que le arranque a ella los momentos...
Y aunque a veces salga caro hacerle frente, el destino no es más que palabrería de aquellos que no quisieron que el mundo tomara forma propia, de aquellos que hace generaciones limitaron las cabezas y el afán de superación de cada uno, simplemente por miedo a que nos salieramos de su corral.
Destino, no es más que nuestra idea de futuro, el camino que vamos construyendo paso a paso, el camino que nosotros mismo elegimos.. ¿qué sería de nosotros hoy, si todas esas grandes mentes ayer no se hubieran saltado el protocolo establecido, hubieran dicho verdades y seguido sus ideas?
Yo, personalmente, he decidido que nada va a mantenerme atada a un camino ajeno, a un camino que no haya sido creado por mis principios y mis directrices. Por eso he decidido que la vida no va a tirarme más la moneda a la cara, no van a obligarme a pensar como ellos; no voy a establecerme límites, (por que vislumbrar los límites hace que rechacemos la idea de llegar al final, ya que odiamos los finales, y como buenos lectores nos escuecen las últimas páginas de un libro que hubieramos seguido leyendo toda la vida) mi límite no tiene lugar.
Haré de mi vida una historia en la que el recuerdo no pese más que lo presente, en la que el olor de las sábanas mojadas de amor no desvanezca nunca, la historia de una persona que sin querer cambiar el mundo lo cambió para alguien (aun que no estaría mal cambiar el mundo...), una vida en la que no haya nada que perder por intentar ganarlo todo...
y tiraré la moneda al río, para que se la lleve la corriente y nadie pueda devolverla para encerrarme de nuevo en su continuo caer, y nadie pueda corregirme y obligarme a cambiar palabras al escribir, que mis palabras y mis actos enganchen tanto a las personas, que quieran quedarse a leer conmigo... una historia de la que jamás llegaré a leer la última página...
así nunca sabré que ha llegado el final.
Vega.